
La del Tolo, claro. Al menos en su primera parte, es decir, en lo que respecta a ganar en Tucumán. Lo otro, ya se verá. A no marearse antes de subir un par de escalones.
La parte positiva es más que evidente. Se rompió el maleficio, por fin. Y eso genera un gran alivio. Por el resultado, por todo lo que implica, por lo urgente que era desde el punto de vista anímico volver a hacerse fuerte de visitante. Y empezar a aceitar la maquinaria ofensiva, y ser contundentes.
Pero seamos realistas. No para no disfrutar del triunfo, sino para asumir que hay muchísimas cosas que cambiar, y pronto, si es que aspiramos a hacer un torneo digno y a pelear lejos del fondo. Se sufrió mucho, demasiado, y hubo varios pasajes en que nos vimos superados por un equipo que viene del Ascenso y que trata de hacer pie, con dificultades y con un plantel muy modesto, en Primera División. Mérito realzado por el hecho de que jugó la mayor parte del partido con un hombre menos, y porque, incluso tras la expulsión de Escobar, que parecía sellar inapelablemente su destino, se llevó por delante a Independiente, creó peligro, alcanzó el empate parcial con un golazo y estuvo muy cerca un par de veces, sobre el final, de concretar una verdadera hazaña.
La fortuna, en esta ocasión, nos acompañó. Pero bien sabemos que nos es esquiva, y que no suele hacernos muchos guiños que digamos.
El primer tiempo del Rojo fue bastante flojo, sin muchas llegadas, excepto algún que otro desborde de Rodríguez y un par de remates al arco. Poco. Atlético Tucumán cruzaba rápido la mitad de cancha y lastimaba por las puntas, en especial por la de Mareque, quien, lamentablemente, como quedó plasmado en el 1-0 parcial del Decano, tuvo una floja actuación. La dupla central tampoco la pasó muy bien: Matheu, principalmente, estuvo lento, tardío para reaccionar, regaló un tiro libre de riesgo al borde del área y no se fue a duchar antes de milagro. El equipo tucumano se retiró a los vestuarios con una diferencia a su favor que pudo hasta haber sido mayor a pesar de la tempranera expulsión de Montiglio. Y era justo.
En la segunda mitad se vio que Independiente quería más. Se afirmó mejor en la cancha. Núñez, quien había ingresado por Piatti ya en el primer tiempo, tuvo movilidad y fue una buena compañía para Rodríguez. Silvera, quien no está a pleno, trabajó incansablemente para encontrar espacios. Gandín, lamentablemente, fue de lo más flojo en ataque. Y hasta estuvo a punto de dejarnos sin el empate, con un penal muy mal ejecutado y un rebote que logró capitalizar a duras penas. Lo mejor fue, seguramente, la jugada del 2-1 entre Busse, que ayudó a que el equipo mejorara con su ingreso, Silvera, que demostró todo su oportunismo e inteligencia, y Rodríguez, que entró y definió intercambiando roles con el Cuqui.
Pero cuanto todo parecía definido, un grave error de Gallego -no fue acertado el cambio de Pusineri por Silvera- y el coraje tucumano se conjugaron. Y, por unos minutos, se vino la noche. Con 9 hombres, se las ingeniaron para penetrar una defensa endeble y dejar muda a toda la parcialidad Roja. Pero apareció una vez más Rodríguez, y con un bombazo estupendo puso las cosas en su lugar. Y otra vez Rodríguez, peleándola y habilitándola a Núñez, que definió con precisión y bajó el telón del partido.
Falta mucho, aún, para que se pueda decir que "hay equipo". Atrás, es destacable lo de Vella, que pone garra y no se deja avasallar, pero falta aceitar mucho y se sienta la ausencia de Tuzzio, agravada por la circunstancia de que a Matheu aún le falta y de que Galeano recién está teniendo sus primeras experiencias. En el medio, da la impresión de que juega sólo Acevedo, quien sigue conformando y ganándose elogios, mientras que Piatti es un signo de interrogación y Godoy aún no logra convencer. Arriba, lo dicho: la explosión de Rodríguez, la astucia de Silvera y la movilidad de Núñez. Queda por ver si Gandín podrá acompañarlos como se espera.
Ahora se viene Godoy Cruz, que nos tiene de hijos. Otra racha a romper. A tener confianza...
Juan Manuel Spinelli
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